------------------------------------------------------------------- Quironautas: Cautiva de mi

martes, 7 de julio de 2015

Cautiva de mi

Abrí los ojos, todo estaba igual, y a la vez diferente...
Con mi acostumbrada dificultad sencilla me incorporé de la cama, y todo estaba igual y diferente, todo iba mas lento, mas despacio.
Lo quise acelerar y no pude, y un latigazo de angustia me sacudió por completo.
Él se me acercó, y quise disimular, pero no pude, las palabras fluían claras en mi mente, pero se atropellaban en mis labios, y por fín lo entendí todo. Era el final.

Ruido de sirenas, llantos, despedidas imposibles, caras angustiadas... caras desconocidas... caras... caras impersonales. Pruebas, pinchazos, carreras y desconcierto, y las palabras ahogadas en mi boca una vez más, cada vez más, más ahogadas, más atropelladas, sedientas de voz.
Y por fin tras un nuevo viaje, llego otra vez a un sitio nuevo, a la espera de una cara conocida, que por fin aparece, azorada y preocupada como yo misma.
Las palabras en mi boca siguen sin poder expresarse, pero su mirada me deja entrever qué comprende lo que sucede.
-Tranquila, me dice, todo va a salir bien.
De mis ojos las lágrimas brotan al nivel que quisiesen salir de mi garganta mis palabras, y entiendo lo que ella me dice, que estoy aquí, consciente, que sé lo que sucede, que la conozco... yo no me he ido, son solo mis labios que se niegan a cumplir las órdenes que hasta ayer acometían diligentemente.

Los primeros días los pasé en una unidad especial, parecida a una UVI, viendo a mi familia dos veces al día, contando las horas, soportando estoicamente la sonda nasogástrica que tuvieron que ponerme, no sin dificultad, porque de mi garganta no salían ni palabras ni afán para tragar ni tan siquiera mi propia saliva.
Rodeada de todos y acompañada de un pictograma que alguien escribió apresuradamente para que pudiese al menos señalar si necesitaba algo, me vi impedida, con un pañal como un niño chico, como los de mi nieto que tanto echaba de menos. Sentimientos encontrados, aceptación, esperanza, ridículo y vergüenza, tendida en la cama, aseada, mojada en ocasiones nada mas, expuesta a unos extraños que cada día cambiaban.
Después pasé a una habitación normal, donde las visitas se prohibían hasta pasar las 12.30, pero donde los médicos preguntaban por las familias a las 9.30.

Seguía expuesta, avergonzada, utilizando el pañal en último extremo porque nadie podía acercarme al servicio, o porque era más cómodo, según para quien. Muerta de un hambre atroz, mi cuerpo se negaba a retener la alimentación que me ponían por la sonda, y a mi me costaba aguantar hasta que se me terminaba la esperanza de que alguien pudiera acercarme al baño ahora que no había nadie de los míos conmigo. Y aquel día, cuando avisé pero el silencio fue la respuesta, delante de otra persona, ajena, desconocida, compañera de la desdicha de encontrarme en esa situación, me lo hice encima, y con ello, mi orgullo, mi dignidad y lo que me quedaba de autonomía.
Él llegó al poco rato y casi me hizo sentir peor por presenciar semejante espectáculo, se enfadó, salió y riñó por lo que le parecía injusto y vejatorio, y obtuvo la indiferencia por respuesta, nuevamente... la indiferencia.

Cada día en el aseo, escucho sus conversaciones, triviales, clandestinas, carentes de tacto o simplemente ajenas a mi presencia, solo unos pocos se dan cuenta de que estoy aquí, que existo y que escucho y comprendo absolutamente todo lo que me quieran contar, pero claro, para ello antes hay que poder pararse un minuto, para advertir, que mi problema es solo que no puedo hablar, no que no pueda escuchar.

Hay miradas que valen un mundo, y algunas personas las tienen, las que sonríen cuando entran, las que bromean aún sin tener yo gana, las que animan, las que parece que iluminan la estancia con su presencia, pero son tan pocas, que la oscuridad de la mayoría las apaga.

Ayer fue el peor día, al levantarme de la cama, decidieron atarme a la silla, el tronco y los brazos, y yo no entendía nada, así vas a estar mejor... me decía, ¿mejor?...
Él llegó nuevamente, y me vio así, llorando de impotencia, nerviosa, alterada, incapaz de moverme ahora del todo, sin poder avisar al timbre, haciéndomelo encima nuevamente. "Es para que no se arranque la sonda" le dijeron, ahora, dos semanas después, consciente de la necesidad que de ella tengo para poder alimentarme, incapaz de volver a pasar por el trance de colocarla nuevamente y menos por intención propia... Se acercó y pacientemente soltó tras de mi la sábana como si de unas esposas de un cruel cautiverio se tratase, y así era, cautiva de mi.

Este post está dedicado a mi suegra, a quien recientemente un segundo ictus le ha dejado la secuela de la disartria contra la que está luchando cada día para mejorar un poco más. No pretendo juzgar, solo empatizar a través de su historia con los pacientes que cuidamos cada día, pacientes que quizá nos escuchen, nos entiendan, pero no sean capaces de hacerse entender.
Una pelea que en muchas unidades existe es la de poner pañal a pacientes continentes solo por la pura comodidad del personal, a través de esta experiencia es mas fácil si cabe interiorizar qué siente una persona que puede ir al baño con ayuda, cuando se ve de pronto privada de algo tan básico y en su lugar se le pone un pañal, símbolo de la vuelta a la infancia, a la fragilidad y la dependencia.
Mi suegra no conoce el nombre de casi nadie de la plantilla que la trata, distingue auxiliares de enfermeras o médicos simplemente por algunas de las tareas que realizan y ella identifica que son de unos profesionales u otros, ha recibido órdenes contradictorias durante todo su ingreso y se siente desconcertada y vulnerable.

Algo estamos haciendo mal, y ya no son programas informáticos draconianos, edificios mal construidos o plantillas mal dimensionadas, algo nos pasa a nosotros, que ya no somos equipo, que no hablamos, que no buscamos las miradas, que no nos paramos a ponernos en la piel del otro...
El primer problema, está en nosotros mismos.
Menos mal que también nos encontramos con la cara amable de la profesión, profesiones, gente que escucha, que mira, que sonríe y que es capaz de ponerse en el lugar del otro para dar el mejor cuidado.